viernes, 28 de agosto de 2015

"La fábula de los ciegos" por Hermann Hesse

Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña.

Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.

Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos.

Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal. Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas.

A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador.

Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe.

Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos. Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo.

Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.

Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.

miércoles, 26 de agosto de 2015

"Érase un país donde todos eran ladrones" por Italo Calvino.

Érase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.

Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. 

En aquel país el comercio solo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba.

El Gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos y, por su lado, los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno.

La vida transcurría sin tropiezo, y no había ricos ni pobres. Pero he aquí que no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en vez de salir con la bolsa y la linterna se quedaba en casa y leía novelas.  

Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.  

Esto duró un tiempo, después hubo que darle a entender que si el quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente. 

Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por las noches para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba allí, miraba pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada.  

En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un centavo, sin tener que comer, con la casa vacía. Pero hasta aquí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entretanto no robaba a nadie. 

De modo que siempre había alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. 

Y por otro lado, los que iban a robar la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía. De modo que se volvían pobres.

Los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se hicieron pobres. Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo, se volvían pobres y pensaron: "paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta". 

Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes. Naturalmente, siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.  

Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres, porque los pobres les robaban.

Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles. 

De esta manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados, sino sólo de ricos o de pobres; y, sin embargo, todos seguían siendo ladrones. 

Honrado sólo había sido aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.

El nacimiento de Sleipnir

Según la mitología nórdica, la pared que encerraba a Asgard fue destruida durante una batalla entre los vanios y los asios, por lo que la residencia de los dioses quedaba desprotegida ante un ataque de los gigantes. Cierto día un constructor llamado Blast llegó a Asgard y se ofreció como constructor, pero a cambio se le debía entregar a la diosa Freya, junto con el Sol y la Luna, los dio­ses necesitaban ayuda para lograr la reconstrucción, pero los térmi­nos indicados por el gigante eran abusivos. Sin embargo, ante los términos que propuso Loki pensaron que conseguirían parte de la pared y no tenían que hacer frente a las peticiones de Blast, así la pared debía ser construida en el término de tres inviernos.

El gigante aceptó el trato pero con la condición de que pudiera usar su semental, Svadilfari, en la reconstrucción del muro. El tra­bajo procedió mucho más rápidamente de lo que los dioses se ha­bían imaginado y comenzaron a preocuparse, Odín amenazó en ma­tar a Loki si la pared era terminada dentro del plazo asignado, por lo que éste pensó en privar al gigante de su caballo, así tomó la forma de una yegua joven, para engañar al animal y llevarlo al bosque.

Cuando Svadilfari volvió, su amo ya estaba demasiado retrasado como para terminar su trabajo, además el constructor estaba tan enojado que reveló su forma verdadera como uno de los peores ene­migos de los asios, un gigante de roca. El dios Thor, al darse cuen­ta, blandió su martillo, Mjollnir, y acabó con Blast. Meses des­pués, Loki volvió a Asgard en donde dio a luz a un caballo de ocho patas, el cual regaló a Odín que le llamó Sleipnir. El caballo podía viajar por mar, tierra y aire y era más veloz que cual­quier hombre o especie.

domingo, 23 de agosto de 2015

Algo muy grave sucederá en este pueblo... por Gabriel García Marquez

Este cuento fue narrado verbalmente en un congreso de escritores, por Gabriel García Marquez:


Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno con una expresión de preocupación en su rostro. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: "No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo".
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: "Te apuesto un peso a que no la haces". Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Y él contesta: "es cierto, pero me he quedado preocupado por algo que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a sucederle a este pueblo".
Todos se ríen de él, y el que se ganó su peso regresa a casa, donde está con su mamá. Feliz con su dinero dice:- Le gané este peso a Dámaso de la forma más sencilla porque es un tonto.
- ¿Porqué es un tonto?
- Porque no pudo hacer una carambola sencillísima preocupado porque su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Su madre le dice: - No te burles de los presentimientos de los mayores porque a veces se hacen realidad...     Una pariente oye esto y va a comprar carne. Le pide al carnicero: "Deme un kilo de carne", y en el momento que la está cortando, le dice "mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado".
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar le dice: "mejor lleve dos kilos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas". Entonces la señora responde: "Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos..." Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.
Llega un momento en que toda la gente en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:
- ¿Se han dado cuenta del calor que está haciendo?
- ¡Pero si en este pueblo siempre hizo calor! Tanto calor que los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.
- Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca hizo tanto calor.
- Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
- Sí, pero no tanto calor como ahora. Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: "Hay un pajarito en la plaza". Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
- Pero señores, siempre hay pajaritos que bajan.
- Sí, pero nunca a esta hora. Es tal la tensión de los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
- Yo que soy muy macho -grita uno- Me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que los demás dicen: "Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos". Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa", y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra; en medio de ellos va la señora que tuvo el presentimiento y le dice a su hijo : "¿Viste mi hijo que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?".


LA EÑE de María Elena Walsh

La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe. Señoras, señores, compañeros, ¡amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta el apócope. Ya nos han traducido el pochoclo (pop corn). Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín, el ~. ¿Quieren decirme qué
haremos con nuestros sueños?

Entre la fauna en peligro de extinción, ¿figuran los ñandúes y los ñacurutuces?

En los pagos de Añatuya, ¿como cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?

"La ortografía también es gente", escribió Fernando Pessoa. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir
tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui.

A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por
pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños.


¡Impronunciables nativos! Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido porque así nos canta.

No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski. Ninios, suenios, otonio... Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania. La supervivencia de esta letra nos
atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera donde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter.

¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente.

LA ACADEMIA DEL HUMOR EN FLORES por Alejandro Dolina

Los hombres sensibles de Flores gustaban del humor, pero hasta por ahí nomás. En el fondo sospechaban que la risa suele esconder la cobardía. Y sentían que los momentos verdaderamente grandes de la vida no soportan bien las payasadas. Algo de razón tenían: muchas veces una gracia oportuna sirve para evitar una confesión o un beso.

Los chuscos timoratos provocan la sonrisa de sus enemigos para ahorrarse las trompadas. Ser chistoso no es sencillo, pero es mucho mas seguro que ser valiente. De todos modos, los muchachos del Ángel Gris saludaban con sus mejores risotadas las ocurrencias felices, desde la ambiciosa paradoja hasta el modesto coscorrón subrepticio.

Poco a poco, la destreza humorística acabo por generar- ya que no el respeto- al menos un cierto prestigio mundano que permitía el ingreso gratuito a los asados, cumpleaños, tertulias y bautismos del barrio. Naturalmente, cuando las muchedumbres alcanzaron a vislumbrar las ventajas de poseer una técnica festiva, surgieron por todas partes jóvenes aspirantes que se postulaban para referir la historia del paisano que estaba apurado por ir al fondo.

La Academia del Humor en Flores ofreció conocimientos ordenados y oportunidades profesionales a muchísimos simpaticones. La entidad alcanzó a acuñar un estilo austero y cachador, aun hoy reconocible en renombrados locutores, periodistas, dibujantes, escritores, actores, o simples vivillos particulares. Macedonio Fernández decía que el humor es sorpresa intelectual. La frase no define el género, pero lo ejerce. Y es también una amable recomendación de lo imprevisto. En este sentido, los profesores de la Academia insistían en que la chanza debe ser esporádica. El humorista que tiende trampas cómicas cada dos frases termina dejando en el público una saciedad mental de la que no se sale sino merced al aburrimiento.

En las clases se enseñaba a mantener largos períodos de calma y seriedad, que no eran sino el fondo oscuro destinado a resaltar el brillo de una brevísima donosura. Cuanto más avanzaba el alumno en los cursos, más paciente se volvía y más extensos eran los espacios sin morisquetas. Por cierto, algunos discípulos llevaron este criterio al extremo. A veces escribían largas novelas de aventuras que no eran más que el pretexto para un solo chiste. Y en ciertos casos, ya por olvido, ya por decisión artística, se omitía redondamente toda broma. Acaso muchas de las obras que hoy leemos con inocencia no sean otra cosa que la desmesurada preparación de un chiste genial abolido a último momento.

El ambiente de la Academia era severo y protocolar. El trato de los maestros evitaba cualquier gesto familiar o amistoso. Me permito notar en esta conducta un rasgo de inteligencia fenomenal: el efecto de una gracia es tanto mayor cuanto más adusta es la circunstancia en que se la formula. Una simple pedorreta puede ser gloriosa durante el discurso de un escribano. El mismo recurso en una cena de egresados o en un estadio de fútbol resulta apenas una grosería.

Durante los primeros años de cursos, se procuraba alejar a los alumnos de la tentación de la ocurrencia fácil. Quienes se dejaban arrastrar padecían severos castigos, cuando no la expulsión lisa y llana. Los apuntes y textos de la Academia que han llegado hasta nosotros presentan largas listas de recursos humorísticos desaconsejados. Un extenso capítulo rechaza el doble sentido, que consiste en exponer sobre un objeto cualquiera como si en verdad se hiciera referencia a una parte comprometida del cuerpo humano: "Sabroso es el pan dulce de su hermana."

También se prohibía el anacronismo, los juegos de palabras, los guiños entre paréntesis, las rimas con los apellidos, las bromas sobre políticos indoctos, los nombres zafados en japonés y el desafío de adivinar como le dicen a este o a aquel funcionario. Al final de las recomendaciones nos espera una frase edificante: "Conviene no utilizar estos mecanismos vulgares, salvo que uno sea un genio, lo que en verdad no ocurre casi nunca."

Circulaba entre los aprendices un cuaderno de ejercicios muy curioso. Contenía numerosos comienzos de relatos humorísticos que los alumnos debían completar según su imaginación.


Veamos algunos: COMPLETAR LOS SIGUIENTES CUENTOS VERDES

1) Conversan en el infierno un alemán, un japonés y un argentino.
El alemán declara: - Yo estoy aquí porque asesiné un vecino.

2) Una pareja de novios se encuentran en un zaguán. En el mejor momento aparece el padre de la muchacha y dice:

- Pero que es esto?

3) Un inspector llega a un colegio y comienza a interrogar a los niños.

- A ver, tú.... ¿qué piensas ser cuando seas grande?


Las invenciones de los alumnos jamás eran aprobadas, al final del cuaderno y después de infinitas frustraciones, el joven postulante comprendía o recibía por escrita una noción fundamental: el mundo no soporta ya los cuentos verdes.

Tal vez la asignatura más importante de los cursos de la Academia haya sido "Vida Humorística." La idea era producir situaciones graciosas reales, más allá de las creaciones artificiosas. Se cuenta que el ruso Salzman llegó a ocupar esta cátedra. Para cumplir con sus trabajos prácticos, los discípulos recorrían la barriada auspiciando el estallido festivo: soltaban chanchos en las ceremonias nupciales, se burlaban de los comerciantes extranjeros para provocar insultos en cocoliche, se fingían manfloros en los trenes, gritaban pidiendo socorro en los probadores de las sastrerías, hacían pelear a los chicos y simulaban perpetuas indecisiones en los mostradores de las heladerías.

Parece que el propio Salzman fiscalizaba estas tareas situándose en lugares estratégicos y haciendo -cada tanto- alguna corrección o sugerencia. El humor político es -dicen algunos- un pasatiempo intelectual que consiste en burlarse de los peronistas. Sin embargo, en la Academia, la materia era dictada por el profesor Ricardo Bermúdez, hombre que pertenecía a esta corriente.

Desde el principio, Bermúdez trato de establecer que para hacer una chanza inteligente cualquier partido es bueno. Así llego a contar un día que los demócratas progresistas levantan el piso del parquet de sus casas para hacer asados. El efecto de esta creación fue prácticamente nulo. Pese a todo, hay que declarar que hubo en sus enseñanzas algunos modestos aciertos.

Refuto -por ejemplo- el viejo postulado según el cual es imposible hacer humor oficializa. El humor- sostenían los ortodoxos- implica siempre la degradación de un valor. Por lo tanto, toda acción humorística será siempre en contra de algo. De aquí se infiere la imposibilidad del chiste a favor del gobierno o del orden vigente.

Los argumentos contrarios de Bermúdez son tan sencillos que su exposición no produce el menor orgullo artístico: "...Es cierto que el humor se hace siempre en contra de algo, como ya lo sospecho Platón. Para hacer humor oficialista bastaría entonces con burlarse de la oposición." En efecto, la presentación del inconformismo y del descontento como estados espirituales ridículos y aun fraudulentos, propugnaba indirectamente la admiración del pensamiento establecido. En efecto, la presentación del inconformismo y el descontento como estados espirituales ridículos y aun fraudulentos, propugnaba indirectamente la admiración del pensamiento establecido.

De hecho, hoy en día, nuestros mejores humoristas son honradamente oficialistas, tal vez por razones parecidas a aquellas que llevaban a los Hombres Sensibles a desconfiar del humor. La Academia del Humor de Flores poseía también un registro de patentes que permitía a los ingeniosos del barrio preservar la propiedad de sus creaciones. La oficina atendía día y noche, pues ya se conoce la quisquillosidad de los inventores de bagatelas.

De todos modos, y a pesar de los minuciosos tramites, nunca faltaban chistosos que se sentían despojados por alguien. Esto ocurre todavía en nuestro tiempo: cada vez que surge un programa exitoso o una nueva publicación de humor, muchos de nuestros conocidos declaran haber tenido la misma idea mucho antes.

El polígrafo Manuel Mandeb -que jamás registro nada- despreciaba a los supuestos damnificados. Oigamos sus gritos: "Solamente pueden robarse las ideas pequeñas, las minucias que caben en un bolsillo. Las grandes creaciones son incomodas de llevar y no están al alcance de los descuidistas. Cualquiera puede hacerse con el eslogan de un nuevo calzoncillo; la teoría de la relatividad -en cambio- es de usurpación casi imposible. "Convendrá entonces tener ideas grandes, o en todo caso, procurar que nuestras ocurrencias estén pegadas a nosotros de un modo tan intimo y estrecho que nadie pueda arrancárnoslas del alma. Si quieren saberlo, yo soy mis ideas, y quien me las robe, habrá de llevarme también consigo." Pero las idea de que las ideas no se roban le fue robada a Mandeb.

El abogado Gerardo Joseph la expuso como propia en una conferencia titulada La Sustracción de Ideas. Se dice que Mandeb se presento ante el charlista y le dijo: -Vea, mi amigo, al oírle exponer mis reflexiones pensó que yo mismo disertaba. Usted era yo y es tal vez por eso que no le rompo los dientes de una trompada. Pocos alumnos alcanzaban los cursos superiores de la Academia. Allí se enseñaban el arte del ejemplo absurdo y sin embargo riguroso, la exquisita discordancia entre la forma y el contenido, la nobleza del renunciamiento artístico, y los divertidos desperfectos de la razón.

También se enseñaba música, poesía, pintura y teatro, porque sin un género que lo contenga el humor no es nada. "Lo nuestro es sal -decían los maestros- y aunque la comida sin ella es desagradable, mucho peor es comer la sal sola." En los últimos tramos de la carrera los aspirantes se tornaban melancólicos y casi nada los hacia reír. Tal vez la persecución de la gracia es un camino demasiado duro. Nadie alcanzo jamás el titulo de Humorista Diplomado. Pero la no obtención de esa jerarquía era precisamente el propósito final de la entidad. Se trataba quizá de aprender a no reírse o mejor todavía a reír sin olvidarse. Así despojado de toda pretensión, purificado de su hambre de risa, el aspirante podrá apuntar algún garbanzo. La gracia nunca se presenta ante quien la busca demasiado.

La Academia de Flores se fue con los tiempos dorados. Algunos siguen hoy sus rigurosos preceptos. Otros no.